¿Por qué Buenos Aires es diferente a todas las ciudades? Los estilos que conviven en una sola ciudad
07/10/2026Todo lo que contó Joaco Castro, creador de Buenos Aires al Paso, en el sexto episodio de Charlas de Brokers: los estilos de la ciudad, los edificios polémicos y el mito del Kavanagh.
CompartirHay ciudades de una belleza incuestionable —París, Londres— que tienen dos o tres estilos arquitectónicos y los repiten con disciplina. Buenos Aires hizo exactamente lo contrario: acumuló decenas. Y esa es, quizás, la razón por la que es distinta a todas.
En el sexto episodio de Charlas de Brokers —el programa mensual de Izrastzoff Presenta— invitamos a Joaco Castro, creador de Buenos Aires al Paso, que recorrió y fotografió los 48 barrios de la ciudad. Hablamos de estilos, de edificios que la gente ama u odia, de patrimonio y de barrios que se vienen. Esto es lo que contó.
Quién es Joaco Castro
Joaco empezó a publicar en 2020, durante la pandemia, y el crecimiento fue gradual hasta volverse masivo. Su cuenta se llama Buenos Aires al Paso, y el nombre explica el método: camina y muestra. Lo siguen sobre todo desde la Argentina, pero también desde Brasil, Estados Unidos y España.
Su lectura de por qué funciona es generosa: cree que la gente conecta con la ciudad más que con la cuenta. "Es una ciudad con mucho para ver y con mucha identidad", dijo. Hoy forma parte de La Agencia, el equipo interno de contenido de Izrastzoff.
Por qué Buenos Aires tiene tantos estilos arquitectónicos
La respuesta corta es la inmigración. Cada comunidad trajo su repertorio y lo aplicó acá, pero adaptado: ningún estilo porteño es cien por ciento fiel al original. Esa mezcla, que en otra ciudad se leería como desorden, es lo que le da a Buenos Aires una identidad que no se repite en ningún lado.
Le propusimos un ping pong: nosotros tirábamos el estilo, él lo describía. Esto fue lo que salió.
El italianizante: el estilo más porteño de todos
Viene de la inmigración italiana y es de los primeros: posterior al colonial, anterior al francés. Toma elementos de la villa italiana y su versión más reconocible es la típica casa chorizo, que puede tener una planta o varias.
Acá hay un dato contraintuitivo. Cuando le preguntamos cuál es el estilo característico de Buenos Aires, no eligió el francés: eligió el italianizante. El motivo es simple y solo lo puede decir alguien que recorrió los 48 barrios: el italianizante está en todos. El academicismo francés, no siempre.
El academicismo francés y la particularidad que no existe en París
Es el que la mayoría asocia con Buenos Aires y el que domina Recoleta y Retiro. Se hizo mirando a París. Sus marcas: la simetría, la piedra París en la fachada y la mansarda, ese último piso con revestimiento de pizarra donde solían estar las bauleras, los lavaderos comunes o las habitaciones del personal.
Y acá apareció una de las observaciones más interesantes del episodio. En París, el Beaux-Arts tiene cuatro pisos de altura máxima. En Buenos Aires tiene ocho, diez. El Palacio Estrugamou, en Juncal y Esmeralda, es el ejemplo perfecto: un edificio académico francés de una altura que en Francia no existe. Londres nunca lo adoptó porque su estilo era otro. Es, literalmente, una particularidad porteña.
El racionalismo: edificios que parecen barcos
Contemporáneo y posterior al francés, mantiene proporciones parecidas pero depura la fachada por completo. Nada de molduras ni pizarras: superficie lisa, carpinterías de paños grandes y prioridad absoluta a la funcionalidad y al ingreso de luz. La ornamentación, que en el francés es puro adorno, acá directamente no está.
Tiene además un detalle que lo vuelve reconocible: los tintes náuticos. Muchos racionalistas toman influencias de los barcos y rematan en forma de proa. En Recoleta hay varios. Joaco mencionó dos que están a metros de nuestra oficina: Alvear y Libertad, y el de Quintana y Callao, con la fachada completamente curva.
Los estilos ingleses: del Tudor al ladrillo de Manchester
Hay dos familias. El Tudor, más de casas y petit hoteles, concentrado en las zonas que se conocen como los barrios ingleses: Belgrano y Coghlan. Y los ladrilleros, con la fachada íntegramente de ladrillo a la vista. El caso más famoso es La Colorada, en Palermo, pero también hay varios en La Isla y en Barrancas de Belgrano.
Con otra función, pero del mismo linaje, están los docks de Puerto Madero, construidos con los ladrillos que, según se dice, venían de Manchester.
El Art Nouveau y el Art Déco
El Art Nouveau tiene reminiscencias del francés pero suma un detalle más artístico: flores, esculturas, mosaicos, azulejos con figuras y mucho trabajo de herrería en puertas y rejas. En Recoleta, Joaco señaló el de Las Heras y Ayacucho, con una cúpula de vidrio, y la residencia Jové sobre Avenida Alvear, entre Callao y Rodríguez Peña, hoy una casa de perfumes. El caso canónico de la ciudad, igual, sigue siendo la Casa de los Lirios.
El Art Déco toma algunas cosas del racionalismo pero juega con la geometría, los escalonamientos y los retiros, con carpinterías modulares grandes. El Kavanagh es el ejemplo mayor y mezcla ambos. También la Casa del Teatro, en Santa Fe, con su remate piramidal, y el edificio Bardín, en Juncal al 800.
El brutalismo: un gusto que se aprende
Es posterior a la Segunda Guerra Mundial y el nombre viene del francés béton brut: hormigón crudo. Nació de una necesidad concreta, construir rápido y barato, y de ahí el hormigón a la vista sin pintar, que además permite formas imposibles de lograr con otro material. En la Argentina, Clorindo Testa es el máximo exponente: suyos son la Biblioteca Nacional y el Banco de Londres.
La definición de Joaco sobre el brutalismo es la mejor del episodio: es un gusto adquirido. "Tenés que aprender a que te guste." A él la Biblioteca Nacional no le gustaba cuando empezó a fotografiarla. Hoy le encanta. Es el opuesto exacto del academicismo francés, que gusta en el primer segundo.
"Caja de zapatos": el no-estilo
Le tendimos una trampa en el medio del ping pong: le tiramos "caja de zapatos", que no es un estilo pero es como los que nos gusta el patrimonio llamamos a cierta arquitectura de los últimos cincuenta años. No esquivó la respuesta.
Para él el problema no es la fachada —hoy se hacen fachadas con vueltas de tuerca— sino la ausencia de intención: edificios donde no se nota ningún propósito más allá de poner departamentos y obtener la mayor renta posible. Y lo dijo sin anestesia: le da bronca. Su ejemplo son las oportunidades desperdiciadas, esquinas buenísimas donde se podría haber hecho algo que dialogue con lo que ya está. Porque, en su lectura, toda fachada es un aporte a la ciudad. O debería serlo.
Verdadero o falso: ¿Buenos Aires se parece a París?
Verdadero en parte. No solo por las fachadas del academicismo francés, también por algo menos arquitectónico: el café con mesas en la vereda.
Ahí aparece un matiz que vale para cualquiera que venda esta ciudad. El café porteño no es de cadena: tiene dueño. En Santiago de Chile, por ejemplo, el noventa y cinco por ciento son cadenas, y eso es otra cosa. Esa diferencia —un café distinto en cada barrio en lugar del mismo repetido— es parte de la identidad que el extranjero viene a buscar.
Verdadero o falso: ¿Buenos Aires le da la espalda al río?
Verdadero, lamentablemente. Y el relato de cómo pasó es más concreto de lo que uno imagina: el río llegaba hasta lo que hoy son Libertador, Leandro Alem y Paseo Colón, la barranca natural de la ciudad. Todo lo demás es relleno.
Se rellenó para las terminales de Retiro, para Aeroparque, para el Parque Tres de Febrero —que era la quinta de Rosas— y se sigue rellenando hoy: la ampliación de Aeroparque, un parque costero, las dársenas del puerto. Cada relleno aleja un poco más la ciudad del agua.
Verdadero o falso: ¿la arquitectura moderna es peor que la antigua?
Más falso que verdadero. Su argumento es que hoy mandan otras prioridades: lo inmediato, lo más rentable, maximizar metros cuadrados, el monoambiente como producto dominante.
Pero la comparación en sí es injusta: habría que comparar la buena arquitectura moderna con la buena arquitectura antigua, no con el promedio. Y de la buena moderna rescató a César Pelli —la torre Macro en Catalinas, la de YPF en Puerto Madero— y el conjunto Al Río en Vicente López, del estudio MSGSSS. El dato que lo vuelve interesante: cincuenta años antes, ese mismo estudio había hecho un conjunto de vivienda social con los mismos puentes entre edificios. Al Río es su reversión, esta vez para el segmento más alto. Un círculo que se cierra.
Las medianeras y la teoría de Clorindo Testa
Le preguntamos si las medianeras a la vista son lo peor de Buenos Aires y dijo que no. Son profundamente características; el problema es el mantenimiento. Sin pintura, a los diez años están negras y sucias, y ahí sí afean.
La historia que contó es magnífica. Clorindo Testa tenía su estudio en un piso alto de un edificio francés en Santa Fe y Callao, con vista a una medianera. Era un amante de las medianeras porque le permitían ver a kilómetros: una acá, otra más atrás, y entre medio el valle visual. Celebraba cada vez que alguien abría una ventana donde no debía —acá no se pueden abrir, salvo excepciones— y le sacaba una foto. Un rupturista hasta en eso.
Los edificios polémicos: el Chateau, el Rulero y la torre de Zaha Hadid
Le pasamos una lista de edificios que la gente ama u odia y pedimos la verdad.
El Chateau. No le gusta, y la crítica es técnica, no de gusto: es postmodernismo que estira el academicismo francés hasta romper sus reglas de proporción. No existe un edificio francés de cincuenta pisos. La mansarda queda diminuta arriba de todo, las columnas de planta baja son de revoque y no de piedra París, y las molduras no son molduras reales. Igual admite que, más allá de lindo o feo, es divertido. Nosotros agregamos lo obvio: como inmobiliaria vendemos todo lo que nos dan, y si nos dan un piso ahí le vamos a poner la mejor onda.
El Rulero. Le gustan los dos, el de Libertador y Carlos Pellegrini y el de Luis María Campos. El primero fue pensado como hito urbano, porque está sobre uno de los principales ingresos a la ciudad.
L"Avenue Libertador, la torre de Zaha Hadid Architects. Lo polémico, para él, es la altura desproporcionada. Se autorizó por excepción, apoyada en que tiene las vías del tren al lado y el campo de polo enfrente, o sea cuadras sin nada. El contraste que marcó es elocuente: la altura promedio de Libertador ronda los treinta y cinco metros, y la torre supera los ciento veinte, sin retirarse. Y puso el contraejemplo: el Panedile, de Mario Roberto Álvarez, tiene dos cuerpos al frente y la torre crece por detrás, con lo cual no se impone sobre la avenida. Sobre el diseño fue más tibio: el estudio de Hadid hizo la fachada, pero las plantas por dentro son tradicionales. La vista, eso sí, es de las mejores de cualquier edificio residencial de la ciudad.
El Banco de Londres. Le encanta y le resultó más fácil de digerir que la Biblioteca Nacional, porque se amolda al centro: misma altura que los bancos clásicos de alrededor, un pequeño retiro en planta baja y la fachada de hormigón calada. Y adentro, el entrepiso colgando. Acá hubo un momento personal: el papá de Iuri trabajó ahí y fue elegido mejor empleado del Banco de Londres. Entrar a ese edificio en los años sesenta, contaba, era como entrar a un ovni.
¿Proteger el patrimonio o dejar crecer la ciudad?
Esta es la discusión que atraviesa a todo el que trabaja con propiedades en Buenos Aires, y que existe incluso dentro del Gobierno de la Ciudad. La posición de Joaco: proteger es fundamental, pero es caso por caso. Hay edificios donde por dentro ya no queda nada y solo sobrevive la fachada; otros donde ni eso.
Mencionó un caso reciente sobre Avenida Alvear: un petit hotel de dos plantas, reformado en los noventa, del que ya solo quedaba la fachada, y que se quería demoler por completo. Hubo lucha vecinal —Izrastzoff formó parte— y la fachada se salvó: el edificio nuevo la va a respetar.
Desde Fervor por Buenos Aires venimos trabajando a favor del patrimonio hace casi veinte años, y nuestra posición también evolucionó: de conservar tal cual a aceptar que se agregue arquitectura nueva encima o detrás, con tal de no perder lo que ya está. Porque el patrimonio es un recurso no renovable: si lo rompés, no vuelve. Los buenos ejemplos existen y están a la vista, como el Duhau, donde el palacio histórico se respetó entero y la torre de vidrio se construyó atrás. No hay excusas.
Las mejores plantas y tres arquitectos para seguir
Después de las fachadas, nos metimos adentro. Lo que más valora en una planta es la sectorización clara entre la parte social, la privada y la de servicio. Sus favoritas: el Estrugamou y Posadas 1650, de Bustillo, el edificio de la familia Campomar.
Y le pedimos tres arquitectos argentinos para que quien no los conoce pueda investigar. Nombró a Alejandro Bustillo, por su estilo inconfundible y sus halls de ingreso; al estudio MSGSSS; a César Pelli; a Sánchez, Lagos y de la Torre, los del Kavanagh; y a Pater y Morea, que hicieron la Embajada de Francia y, diez años después, un edificio a metros de ahí que no tiene nada que ver con el anterior. La capacidad de evolucionar es, para él, parte del mérito.
Los barrios que lo sorprendieron
Recorrer los 48 barrios es algo que casi nadie hace, salvo que se lo proponga. Le preguntamos cuáles lo sorprendieron de verdad.
Liniers. Casi no sabía que existía como barrio: lo asociaba solo a la estación. Pero cuando te metés hacia adentro hay pasajes y zonas residenciales que no tienen nada que ver con el caos de las primeras cuadras.
Versalles. No esperaba nada en particular, más allá de saber que ahí está la casa de Esperando la carroza. Se encontró con pasajes llenos de casas inglesas e italianas y una plazoleta con un microclima muy de barrio.
Retiro. El más revelador, porque es el que hoy conoce de memoria. De chico pasaba en auto por Libertador y por Plaza San Martín sin registrar nada. A los diecisiete bajó del subte ahí para ir a la Embajada de Francia, vio el Palacio Paz y las tipas de la plaza, y volvió por la calle Arroyo, recién peatonalizada. Ese fue el click.
Recorridos a pie, colectivos y puntos panorámicos
Su recorrido corto, saliendo de nuestra oficina: Quintana derecho hasta Parera, Parera, Alvear, Arroyo y terminar en Plaza San Martín. El largo, de la época de pandemia: Libertador hasta Plaza Alemania, cruzarla por el medio, seguir por Castex, dar una vuelta por Barrio Parque y volver por Libertador pasando por La Isla.
Para el que prefiere sentarse, nos dio un dato de turismo de bajo presupuesto: las mejores líneas para pasear son el 67, el 130 —todo por Libertador y el bajo—, el 17 y el 112, que va de Barracas al Jardín Japonés pasando por Constitución, Monserrat, San Nicolás y Recoleta. El 108 pasa por muchísimos barrios, pero son dos horas sentado.
Y en una ciudad plana, donde no se puede ganar altura, los puntos panorámicos son otra cosa: encuadres. Su favorito contemporáneo es el Parque Micaela Bastidas en Puerto Madero, desde los gaviones de piedra. Y uno que no necesita altura: Esmeralda casi Juncal, parado en medio de la calle. A la izquierda un racionalista, al fondo otro, arriba la antigua torre Mihanovich —hoy un hotel— y a la derecha el Estrugamou. Cuatro capas de arquitectura en un solo encuadre.
Los barrios del futuro
La pregunta inevitable: después de recorrer todo, qué barrio tiene lo necesario para despegar. Dividió la respuesta en categorías.
Del lado norte, Núñez y Saavedra: barrios consolidados y tranquilos, aunque ninguno de los dos especialmente bien conectado. Núñez algo mejor que Saavedra. Del lado sur, Parque Patricios: hace quince años que se hizo el Distrito Tecnológico y cambió bastante para mejor, sin perder la identidad del barrio, que es lo más difícil de lograr. Está bien conectado por la línea H y tiene recorrido por delante.
Y uno fuera del circuito: Paternal, aunque por el lado artístico más que por el inmobiliario. Ahí aparece la lógica del derrame: se terminó de desarrollar Palermo, siguió Chacarita, después Colegiales y Villa Crespo, y Paternal es el eslabón siguiente.
El mito del edificio Kavanagh, resuelto
Lo dejamos planteado al comienzo del episodio y lo cerramos al final. La leyenda dice que Corina Kavanagh mandó a construir el edificio para taparle a la familia Anchorena la vista de la iglesia del Santísimo Sacramento, de la que eran los principales benefactores. El motivo sería una venganza: Aarón de Anchorena salía con ella, pero Mercedes de Anchorena nunca aceptó la relación porque Corina había hecho su fortuna por matrimonios y era, en términos de la época, una nueva rica.
Es mito, y la refutación es una cuenta simple: Mercedes de Anchorena falleció en 1920 y el Kavanagh se empezó a construir en 1934, catorce años después. La intención pudo haber existido, pero la supuesta víctima ya no estaba viva para sufrirlo.
Y acá está lo mejor del episodio: a Joaco el mito no le gusta, porque desvaloriza al edificio y a ella. Corina Kavanagh era amante del academicismo francés y el rococó —de hecho vivió en el edificio y decoró su departamento en estilo francés, con unas columnas jónicas que siguen estando en la terraza del piso catorce—, pero antes de construir viajó a Nueva York a hacer un análisis de mercado. Vio lo que se venía, y le encargó al estudio un edificio de un estilo que a ella no le gustaba, para que quien viviera ahí tuviera el máximo confort de la época. El resultado fue un hito en altura, en técnica constructiva, en avances tecnológicos y hasta en terrazas verdes.
No fue una mujer despechada. Fue una desarrolladora adelantada a su tiempo que dejó de lado su gusto personal en favor del producto. Para cualquiera que trabaje en este negocio, esa es la historia que vale la pena contar.
Mirá el episodio completo
Esta es la síntesis. La conversación completa tiene mucho más: cómo era Buenos Aires antes de la revolución arquitectónica, por qué Puerto Madero le gusta como paseo pero no como barrio, en qué época de la ciudad le hubiera gustado vivir y los edificios que recomienda ir a ver.
Charlas de Brokers es un programa mensual de Izrastzoff Presenta. Cada primer miércoles del mes, entrevistas en profundidad con economistas, arquitectos, especialistas en negociación y referentes del mercado inmobiliario argentino.



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